La Fuente


Por si alguna vez te lo preguntaste, todo lo que fluye vino de alguna parte.


Te lo hayas cuestionado antes o no, es el cuestionamiento el que te llevó a arrancar el césped de raíz y sentir la tierra bajo él tan caliente, ordinaria, áspera y hostil que, por momentos, los mareos no cesaron. Y no, no te culpes por esto. La realización del pensamiento lleva consigo el desagrado emocional que derrumba tu montaña, más, ¿ahora qué?
Me tranquilizo al saber que posteriormente supiste levantarte. Fue una conmovedora escena:
Primero, miraste a tu alrededor, sacaste tus lágrimas y respiraste entre cortado, pero finalmente te levantaste con decisión. Mientras se clavaron tus pies en el suelo, la sangre de tus rodillas producto de la hiedra escurrió por tus piernas y encontraron la forma de llegar a tus tobillos.
El cielo tormentoso no te atemorizó, ni el frío cortante a tu cuerpo desnudo. Levantaste rocas cuando fue necesario y removiste zarza cuando se debía.
Ni los demonios que te perseguían riéndose, ni los ángeles simulando no verte retiraron tu vista de esa laguna, que en su tiempo falso fue un encanto cristalino, en ese momento eran sarro y aguas pantanosas que, tú lo supiste bien, siempre guardaron la verdadera fuente de la voluntad, el empuje definitivo. Sabías que tu alma pertenecía ahí y no te importó que las víboras te mordisquearan los muslos ni los dedos que perdiste tratando de apartar las bestias mayores.
Finalmente llegaste pura, sin cuerpo ensangrentado ni peso inútil que te entorpeciera. Llegaste justo a tiempo para darte cuenta que el espíritu te empujó y el cuerpo obedeció.


Cuando llegaste a la fuente y controlaste el cuerpo, la montaña ya nunca más fue hostil.

María

Gotas de lluvia y llanto, de alegría y añoranza
de paz y turbulencias que rotan en el ir y venir de tu personalidad.

Al fondo de la luz de tus ojos,

a la salida del túnel difuso de la conciencia,
se mece ahí la memoria,
esquivando el vaivén de los esfuerzos y la paciencia.

No trates de entender éste viaje

y no te recuestes a la sombra de esa gran higuera,
al lado de la inocencia, en aquel bello paraje,
ahora que silenciosas sensaciones en ti se guarecieran.

La luna y el sol entienden tu ritmo:

pronta, ahoga, vigilia, querida;
irremediable diluvio de llantos alrededor:
que no imploren ahora que afloran agoreras
de los pechos y las veredas,
desde susurros y tu presencia.

¡Que no imploren ahora, que exangüe llanto corroe el recuerdo!

ahora que el amor no es el por qué, ni el para qué;
ni el principio, ni el camino, ni el final.

¡Que no imploren ahora, que el amor no existe!

Que, en la medida, a la existencia misma crean, un problema sea.

Tú no te preocupes por esto, olvida el mal.

Tu vida brilla incandescente sin necesidad de que lo sepas.
Y no veo una llama apagándose, veo mil flamas elevándose.

Y aunque no sepas que disfrutas, no sepas qué pasa,

en tu alma reside la niña tierna, la mujer que abraza,
la compañera que entiende y la madre que aguarda.

Al fondo de la luz de tus ojos,

a la salida del túnel difuso de la conciencia,
se mece ahí la memoria,
esquivando los intentos de los esfuerzos y la paciencia.

Algún día se sabrá

La historia que cuento
a la orilla de la playa
con una guitarra en la mano
y dos de las cinco cuerdas cortadas

No es sino una guirnalda
de lo que quiero mostrar
y de las cicatrices en mi espalda
todos sus ojos alejar

Y por el vino en cartón que bebemos
obtener una nueva historia
y así, más adelante tenemos
otra forma de enturbiar la memoria.

Como la fogata a la luna
cambia la atención a lo más banal 
porque qué frío molesto y arena importuna
y de hecho ¿por qué no hablar del festival?

De aquella noche, hace semanas atrás
cuando dormía y me escapaba
con verdades neutras
cuando en mi cabeza nevaba.

No me olvido de lo último
que el secreto aguarda
mal por mí si es algo íntimo
porque la verdad llega pero tarda.


La Montaña

Imagina que estás en una montaña.
Te encuentras relajada y tu mente recorre la tranquilidad de no tener sufrimientos ni preocupaciones. Tu estómago produce un incipiente hormigueo producto de la plenitud del éxtasis que te otorga el momento, pero lo logras controlar con una respiración lenta y profunda. Sientes que la brisa roza tu cara y, al abrir los ojos, ves las copas de los árboles moverse al compás del viento refrescante. Tu camisa es muy delgadita. En un movimiento sutil, abres los brazos y ves cómo el viento mueve tu ropa. Piensas que no es un lugar helado. Concluyes que es un lugar refrescante. En tu mente se mantiene prolongada esa sensación de frescura mientras sientes el pasto fundirse entre los dedos de tus pies desnudos. Cierras los dedos de tus pies y logras escabullirlos por entre el césped para tocar la calidez contrastada de la tierra bajo la maleza, lo que te parece una agradable sorpresa.
Mantienes tus ojos cerrados por varios segundos. No los cuentas, pero son los suficientes como para dejar tus pulmones llenos de aire y contenerlos hasta que fluye la necesidad de expulsarlo y, al momento de hacerlo, abres los ojos tan gradualmente como el aire sale de tu nariz. En ese momento, vuelves a la realidad. 

Así, cada vez que te sientes abrumada por el mundo, puedes volver a la montaña.
La promesa y único requisito para ir a la montaña es, eventualmente, transformar tu realidad en la montaña.

El vaso medio vacío



Brotan de mis manos letras sin pasión plasmadas, al final, en mi propio frío reflejo
emana de mi cabeza el jugo de la resignación ante la mezcla
de flores, de pixeles y de fondos vistosos,
y que se desbordan en un bacilar de luces
y se dejan caer en ese sitio desconocido de las miradas tiernas
cargando sobre el yugo de la inconsciencia y ante mis ojos dormidos
aquella misma duda que a nosotros dos nos aqueja.

El verdadero sentido de la navidad

Erase una vez, en un dominio donde las vacas mandaban, un rey soberano y dictador, que prohibía la interacción de sus pobladores con el resto de los personajes del reino. Un dia, una vaca humilde que vivía en la periferia del reinado, vio que cerca de su casa, junto a granos desparramados, yacía un pequeño choclo que, sin embargo, aún respiraba.

Asustado, por que la ley era muy estricta, decidió ayudarlo secretamente y lo escondió en su casa para componerle los granos que se le habian caído. Tras unos días, el choclo se encontraba mucho mejor, pero no hablaba. A la vaca se le ocurrió que debía ser por el shock y le pidió que le escribiera qué le había pasado, tras pasarle un lápiz y una hoja. El choclo le contó que más allá del reino de las vacas, existía un lugar llamado "cueva de los duraznos pelados" y residían ahí, ciertamente, duraznos pelados, que eran unos ladrones sádicos y asesinos. Pues bien - escribía el choclo - éstos duraznos pelados eran muy poco tolerante con otras razas y en especial con los duraznos peludos, que era su banda rival. Sin embargo, los duraznos con pelo recibían la ayuda del resto de las frutas y tenían como aliados férreos a los plátanos. Entonces - continuaba contando el choclo - como viajero que soy, me atreví a cruzar cerca de la cueva de los duraznos pelados y me confundieron con un plátano. Escapé y llegue hasta aquí en éste estado... Pero - terminaba diciendo el choclo - por lo de mi voz, no te asustes, soy solo un choclo, y los choclos no hablamos.


La vaca entendió entonces que el verdadero sentido de la navidad reside en el corazón, y  mató al rey.

Rubia con balas

Oh, rubia con balas, mira cómo eres.


Eres rubia, hermosa, solitaria.


La noche te cubre con su manto y nadie sabe donde estás.


Unos ojos preciosos, azules, tras tus párpados cerrados miran la nada con ternura.


Oh rubia con balas, mira cómo eres.


El rojo fulguroso del piso hace juego con tu piel blanca. Cómo resalta tu belleza.


Tu posición se me hace osada y sexy, y la has mantenido por horas.


Tres puntos en tu cuerpo tiñen tu vestido verde a color vino. Son los puntos que te han llevado a donde estás.


Oh rubia con balas, mira cómo eres.


Estás muerta, te mataron.