La Fuente


Por si alguna vez te lo preguntaste, todo lo que fluye vino de alguna parte.


Te lo hayas cuestionado antes o no, es el cuestionamiento el que te llevó a arrancar el césped de raíz y sentir la tierra bajo él tan caliente, ordinaria, áspera y hostil que, por momentos, los mareos no cesaron. Y no, no te culpes por esto. La realización del pensamiento lleva consigo el desagrado emocional que derrumba tu montaña, más, ¿ahora qué?
Me tranquilizo al saber que posteriormente supiste levantarte. Fue una conmovedora escena:
Primero, miraste a tu alrededor, sacaste tus lágrimas y respiraste entre cortado, pero finalmente te levantaste con decisión. Mientras se clavaron tus pies en el suelo, la sangre de tus rodillas producto de la hiedra escurrió por tus piernas y encontraron la forma de llegar a tus tobillos.
El cielo tormentoso no te atemorizó, ni el frío cortante a tu cuerpo desnudo. Levantaste rocas cuando fue necesario y removiste zarza cuando se debía.
Ni los demonios que te perseguían riéndose, ni los ángeles simulando no verte retiraron tu vista de esa laguna, que en su tiempo falso fue un encanto cristalino, en ese momento eran sarro y aguas pantanosas que, tú lo supiste bien, siempre guardaron la verdadera fuente de la voluntad, el empuje definitivo. Sabías que tu alma pertenecía ahí y no te importó que las víboras te mordisquearan los muslos ni los dedos que perdiste tratando de apartar las bestias mayores.
Finalmente llegaste pura, sin cuerpo ensangrentado ni peso inútil que te entorpeciera. Llegaste justo a tiempo para darte cuenta que el espíritu te empujó y el cuerpo obedeció.


Cuando llegaste a la fuente y controlaste el cuerpo, la montaña ya nunca más fue hostil.