María

Gotas de lluvia y llanto, de alegría y añoranza
de paz y turbulencias que rotan en el ir y venir de tu personalidad.

Al fondo de la luz de tus ojos,

a la salida del túnel difuso de la conciencia,
se mece ahí la memoria,
esquivando el vaivén de los esfuerzos y la paciencia.

No trates de entender éste viaje

y no te recuestes a la sombra de esa gran higuera,
al lado de la inocencia, en aquel bello paraje,
ahora que silenciosas sensaciones en ti se guarecieran.

La luna y el sol entienden tu ritmo:

pronta, ahoga, vigilia, querida;
irremediable diluvio de llantos alrededor:
que no imploren ahora que afloran agoreras
de los pechos y las veredas,
desde susurros y tu presencia.

¡Que no imploren ahora, que exangüe llanto corroe el recuerdo!

ahora que el amor no es el por qué, ni el para qué;
ni el principio, ni el camino, ni el final.

¡Que no imploren ahora, que el amor no existe!

Que, en la medida, a la existencia misma crean, un problema sea.

Tú no te preocupes por esto, olvida el mal.

Tu vida brilla incandescente sin necesidad de que lo sepas.
Y no veo una llama apagándose, veo mil flamas elevándose.

Y aunque no sepas que disfrutas, no sepas qué pasa,

en tu alma reside la niña tierna, la mujer que abraza,
la compañera que entiende y la madre que aguarda.

Al fondo de la luz de tus ojos,

a la salida del túnel difuso de la conciencia,
se mece ahí la memoria,
esquivando los intentos de los esfuerzos y la paciencia.