En la efímera danza de la vida, lo conceptual se erige como el etéreo aliento,
donde las ideas y conceptos se entrelazan como la verdad que nos orienta.
Inalcanzables al tacto, inaudibles al oído, no obstante, existen, propulsándonos con su invisible impulso.
En el vasto escenario del mundo, lo conceptual se erige como el aire que amalgama el pensamiento de un extremo al otro.
Imposible de contemplar o siquiera palpar, aún así, posibilita la conexión con nuestros semejantes,
tejido invisible que nos une.
En el porvenir, lo conceptual se erige como el aire que traza sendas hacia horizontes ignotos.
Incapaz de erigirlo o concebirlo, persiste como guía en la travesía hacia el mañana,
senderos que se despliegan ante nuestra mirada limitada.
En la vastedad del universo, lo conceptual se erige como el aire lingüístico,
una esencia que nos auxilia en la comprensión total.
Indescifrable en su cuantía, desconocido en su totalidad, no obstante, arroja luz sobre la vastedad del todo.
Las ruedas de la bicicleta giran sobre la tierra como actores en un drama efímero;
la botella, receptáculo de la esencia vital,
el encendedor, custodio del fuego constante, se alzan como símbolos en la escena cotidiana.
Y en la penumbra que acecha a la medianoche, el aire, mensajero silencioso,
aguarda para revelar su presencia en el instante próximo.