El vaso medio vacío



Brotan de mis manos letras sin pasión plasmadas, al final, en mi propio frío reflejo
emana de mi cabeza el jugo de la resignación ante la mezcla
de flores, de pixeles y de fondos vistosos,
y que se desbordan en un bacilar de luces
y se dejan caer en ese sitio desconocido de las miradas tiernas
cargando sobre el yugo de la inconsciencia y ante mis ojos dormidos
aquella misma duda que a nosotros dos nos aqueja.

El verdadero sentido de la navidad

Erase una vez, en un dominio donde las vacas mandaban, un rey soberano y dictador, que prohibía la interacción de sus pobladores con el resto de los personajes del reino. Un dia, una vaca humilde que vivía en la periferia del reinado, vio que cerca de su casa, junto a granos desparramados, yacía un pequeño choclo que, sin embargo, aún respiraba.

Asustado, por que la ley era muy estricta, decidió ayudarlo secretamente y lo escondió en su casa para componerle los granos que se le habian caído. Tras unos días, el choclo se encontraba mucho mejor, pero no hablaba. A la vaca se le ocurrió que debía ser por el shock y le pidió que le escribiera qué le había pasado, tras pasarle un lápiz y una hoja. El choclo le contó que más allá del reino de las vacas, existía un lugar llamado "cueva de los duraznos pelados" y residían ahí, ciertamente, duraznos pelados, que eran unos ladrones sádicos y asesinos. Pues bien - escribía el choclo - éstos duraznos pelados eran muy poco tolerante con otras razas y en especial con los duraznos peludos, que era su banda rival. Sin embargo, los duraznos con pelo recibían la ayuda del resto de las frutas y tenían como aliados férreos a los plátanos. Entonces - continuaba contando el choclo - como viajero que soy, me atreví a cruzar cerca de la cueva de los duraznos pelados y me confundieron con un plátano. Escapé y llegue hasta aquí en éste estado... Pero - terminaba diciendo el choclo - por lo de mi voz, no te asustes, soy solo un choclo, y los choclos no hablamos.


La vaca entendió entonces que el verdadero sentido de la navidad reside en el corazón, y  mató al rey.

Rubia con balas

Oh, rubia con balas, mira cómo eres.


Eres rubia, hermosa, solitaria.


La noche te cubre con su manto y nadie sabe donde estás.


Unos ojos preciosos, azules, tras tus párpados cerrados miran la nada con ternura.


Oh rubia con balas, mira cómo eres.


El rojo fulguroso del piso hace juego con tu piel blanca. Cómo resalta tu belleza.


Tu posición se me hace osada y sexy, y la has mantenido por horas.


Tres puntos en tu cuerpo tiñen tu vestido verde a color vino. Son los puntos que te han llevado a donde estás.


Oh rubia con balas, mira cómo eres.


Estás muerta, te mataron.

Hoy

El presente, el hoy mismo. Múltiplos sexagesimales mueven al mundo en un ciclo sin fin, a un ritmo sin sentido, en una vida sin razón.

Los poderosos guardan los mayores secretos frente a ojos de todos y nos hemos acostumbrado a sus mentiras, incluyendo la mayor mentira de todas: que ellos son poderosos.

Hoy dia, minutero y secundero hacen carrera en torno al mundo en su ciclo sin razón, a un ritmo sin fin, en una vida sin sentido.

Hoy despertaste y en algún momento te acostarás a dormir. ¿tu error? Dejar la luz salir de tus ojos, cerrarlos y no abrir el ojo que te permite ver la realidad, tu conexión al mundo real. La piña se está secando.

Ahora mismo, el reloj es la gran amenaza del mundo en un ciclo sin sentido, a un ritmo sin razón, en una vida sin fin. Sin fin.

Siéntete libre; no pienses que te limitan. La libertad radica en la mente. La mente otorga el beneficio de elegir.

Recuérdame ser consciente de tal beneficio.

Ayer

Los recuerdos, el ayer, que te sirvan de ejemplo.
No hay nada de malo en pisar y caer, pero es bueno que reconozcas lo tonto que te ves cayendo una y otra vez en un mismo lugar.
Quiérete. En esta dimensión, por defecto, no hay nadie que maneje tu cuerpo; es tu instrumento, tu vehiculo, y debes mantenerlo, entenderlo y entrenarlo.
La memoria atesora eso que los hombres no pueden guardar en baúles o bóvedas, y estos se matan entre ellos buscando la paz en metales brillantes y papeles pintorezcos, más doy mi palabra que si por un segundo vieran lo que, a la vez, precio y valor tiene, serían como ermitaños, buscando codiciosamente dentro de ellos aquello que le pertenece al universo. Y es que el hombre es asi. Ha sido creado a imagen y semejanza de unos varios, hermanos mios.

Revólver

Un hombre avanzado en años, pero no anciano, esperaba tras del umbral de la puerta abierta.

-Cuánto tiempo ¿eh? -dijo- Cuántos recuerdos junto a tu padre y a tu madre…

Entonces, otro hombre de mirada penetrante y caminar pesado cruzó la entrada de la casa. Vestía opacamente y su ropa hacía juego con su estado de ánimo.

-¿Qué quieres, tío?

-Oye, tú lo sabes. Te has preparado toda la vida para este momento. 

-No estoy preparado. 

-Sí lo estás. 

-No, no lo entiendes, tío...  

-¿Y qué harás? -entre pequeñas risas- No puedes escapar. Lo tienes claro.

El hombre del ropaje opaco sacó de su chaqueta un revólver y lo apuntó en dirección a la frente de quién poseía aquella información capaz de derrumbar el imperio de una sociedad milenaria conocida, aparentemente, por todos nosotros, pero desconocida en esencia, y en cuyo sólo nombre recaía el poder de revelar gran parte de esta telaraña de mentiras y encubrimientos colectivos.

-No... No vas a disparar -dijo el tío, entre gotas de sudor y tartamudeos.

-¿Qué te lo asegura? –sostenía firmemente el revolver.

-No hagas esto… Por favor... La información…

-¡Dilo! ¡Tú sabes de qué se trata!

-Es impronunciable… ¡No me lo pidas, pero no lo...! 

El sobrino disparó. Un cuerpo cayó muerto en el suelo.

La cabeza del tío estaba empapada. En sus ojos seguían plasmadas sus ideas.

Una mano se introdujo en una chaqueta oscura, opaca, que hacía juego con el estado ánimo de su ocupante, y sacó un papel donde se le insinuaba la única verdad. Ante su mirada asombrada, un suspiro entrecortado y un grito escalofriante.

El tío, con su rostro enjugado de sudor, acababa de presenciar un suicidio y veía en un trozo de papel y en el cuerpo muerto del sobrino, cómo se disolvían los conocimientos de la verdad absoluta junto a la sangre del piso.

Ya nunca más alguien podrá siquiera imaginar de qué se trataba.

Pájaros de las diez de la noche

Pájaros de las diez de la noche
¿A quién han de cantar ahora?
Pájaros de las diez de la noche
¿Pa' qué lo van a molestar?

Mucha risa, muchas canas
Por la boca muere el pez. El hombre (lamentablemente), no.
Mucho rostro, mucha farsa.
Se repite el mismo altercado; es que el hombre allá está hace rato.

Pájaros de las diez de la noche
¿Qué secreto os han contado?
Pájaros de las diez de la noche
¿Sentado, aquí, por na', me tienen?

Y será, y será ¿Qué será?

Pájaros de las diez de la noche
Buena noche para descansar.

El Suicida (versión cuento)

No tenía claro lo que en su vida venía. Ante sus ojos pasaban las ideas de un futuro incierto, sus proyectos y preyectos, yectos todos hacia un mismo sitio. Sitio sin lugar. Sitio vacío. Sitio sin sitio. ¿Qué sitio? El de una mente reventada.
1
Por la mañana, mientras abría sus ojos, el mundo le saludaba desde la ventana y la luz era indiferente a la presencia suicida del hombre. Su vida no era distinta, sólo tomaría un rumbo diferente a la nuestra.
Se quitó el cobertor. Se sentó en la orilla de la cama y esperó que Dios, el universo o el pájaro que lo observaba tras la ventana, le dieran la señal para levantarse por fin. Púsose sus pantuflas y miró el reloj, mas no vio la hora. Miró hacia la ventana, mas no vio al ave. Era la señal. Su suicidio comenzaría en breve.
Caminó en dirección al baño. Lavó su suicida cara y desvió su mirada, interesado en el retrete. Suicida o no, su vejiga debía vaciarse, y la vació.
Tomó un cortaúñas y comenzó a recortar la uña del dedo anular de su mano izquierda. Si tenía en él un cuero mordido por si mismo el día anterior, era la oportunidad de arrancarlo de forma precisa y no arriesgarse a sacárselo de un tirón y tener que soportar todo el dolor e incomodidad que ello acarreaba. Empero, falló. Su dedo sangraba. Su suicida dedo sangraba. Miró hacia su dormitorio con el dedo metido en la boca, con esperanzas de que el alcohol se trajera sólo, pero sentado en el retrete era ya difícil el levantarse e ir a cogerlo. Tomó, entonces, un trozo de papel higiénico y se lo enrolló en el dedo.
Cuando hubo terminado, tiró la cadena, se quitó el papel del dedo y se lavó las manos. Le ardió el dedo y el corazón. No era para menos. Acababa de sufrir su primera taquicardia provocada por sus problemas de peso, pero no le dio importancia.
Se miró el rostro en el espejo, extrañado, parpadeó dos veces, se afeitó y se hizo un diminuto corte bajo su nariz, se miró seis veces sus grandes orejas, las que aborrecía, parpadeó ocho veces más mirando las partes que no se había afeitado aún y, entonces, se percató que un zancudo lo estaba picando en el brazo derecho. Observó detenidamente cómo le succionaba la sangre e incluso se acercó el brazo a la cara para verlo mejor, y disfrutar así su aniquilación.
Veinte minutos más tarde estaba en la misma posición, pero ya afeitado, bañado, vestido y hurgándose las picaduras que el insecto le habría dejado.
Caminó hacia la cocina para beber un yogur y comer un plátano, decidido a bajar de peso, y en el trayecto tropezó con la funda de su guitarra. Miró el dedo anular de su mano izquierda y probablemente dedujo a regañadientes que ya no podría tocar hasta que el dedo le dejara de doler.
Cuando estuvo frente a la frutera con el yogur en la mano, se preocupó de elegir el plátano más maduro, lo peló, lo cortó en pedazos en un posillo y le vertió el yogur. Iba a botar el envase del lácteo cuando miró su fecha de vencimiento y se sintió estúpido.
“Está tan vencido que me pude haber muerto envenenado”, pensó en voz alta, sacudiendo la cabeza y esbozando una tenue sonrisa, mientras tiraba el contenido del posillo en la basura. ¿Quién sabe qué otros peores y más macabros pensamientos suicidas tenía en mente?
Cuando hubo desayunado, se perfumó bastante, como amerita un suicidio, se lavó los dientes y se rascó la roncha de la picadura de zancudo. Se miró a un espejo de pie. Su tenida formal, perfectamente elegida, con los pliegues del pantalón perfectamente hechos, con una camisa perfectamente blanca y su corbata perfectamente azul. Una tenida sobria, opaca y perfectamente vestida, exceptuando la mancha de yogur que tenía bajo su manga y que nunca se dio cuenta que existía. Por cierto, una mancha perfectamente en desentono con su traje.
Al salir de su casa, cerró la puerta de la entrada, asesinando un caracol que comenzaba a asomar su cabeza al momento de ser pisado. Sacó un llavero con dos llaves y puso llave a la puerta. Se acercó al portón abierto, lo cruzó y, luego de cerrarlo, lo aseguró con la segunda llave del llavero. En ese minuto el teléfono de la casa comenzó a sonar, pero el hombre, mirando al lado, se hizo el desentendido y puso marcha a toda su humanidad. Dejó a sus espaldas el universo en el cual había dormido y en su llave el vórtice que permite la entrada.
De pronto, se detuvo súbitamente. Se dice que los suicidas son personas que no encajan en este mundo por dos razones: o son estúpidos o son muy avanzados para el nivel de inteligencia del mundo.
Sus ojos se movían rápidamente, seguramente analizando las partículas del aire, la temperatura o calculando la distancia exacta entre su posición y su destino. Comenzó a mover la cabeza disimuladamente a un lado y a otro, como si incluso su capacidad de análisis espacial pudiera atravesar dimensiones y se encontrara buscando el misterio del 6174 en la Operación de Krapekar, su par cósmico o dirigiendo su alma a la buena senda de nuestro Señor.
Una persona que lo observaba desde hace un rato desde la otra calle, por fin siguió su rumbo y desapareció de vista. Entonces, nuestro suicida se rascó una nalga y respiró tranquilo.
El resto de la cuadra lo recorrió silbando una canción que le desagradaba, hasta chocar su vista con Manuel Rodríguez hecho cartel.
El hombre se limpió rastros de baba en su boca al terminar la canción.
Hace 73,2 mililitros de saliva silbada atrás, el suicida pareció buscar en sus bolsillos por monedas que, momentos más tarde, revelaría en su mano derecha levantada: tres monedas de cien pesos, una de cincuenta, otras cuatro de diez y una mancha de yogur al reverso de su manga que, independiente a lo que presagié, el suicida advirtió, moviendo sus labios, sin emitir sonido, con la misma intensidad y la exacta frecuencia que cualquiera lo haría al exclamar algún fonema que sonaría algo así como “piedra”, “hiedra” o “tiembla”. Tal vez “mierda”.
Veintitrés pasos más tarde, su dedo apuntó en dirección al cielo. El explorador anunnaki dentro de su nave espía en órbita geoestacionaria inadvirtió lo certero de la indicación del dedo, y la trayectoria del dedo recorrió los 35.786,04 kilómetros necesarios hasta atravesarle justo el espacio entre sus ojos. El humano promedio desconoce el poder de un dedo y las grandes masas que éste puede mover.
La micro se detuvo. El tiempo le pasó por el lado y la adelantó. El suicida bajó su mano, seguramente conciente del estrago planetario que pudo haber causado si la mantenía así. Abordó la micro, y ésta partió tras de su tiempo perdido, luego que el suicida comprara un boleto mal cortado.
Suicida sentado. Oscuridad parpádica en los ojos del hombre. Es posible que a su mente hayan llegado los trágicos recuerdos del pasado, de esos desgarradores momentos que no se quieren recordar, fatalistas e ineludibles; arrancan de raíz la templanza de cualquiera.
Un ronquido emitido por su boca se repitió rítmicamente por el resto del viaje.
Despertador biológico: el suicida se levantó de su asiento esquivando la gente del pasillo, tocó el timbre y la puerta se abrió antes de detenerse la micro. No se lanzó de la micro andando ¿Quién sabe qué otros sádicos planes suicidas se desencadenarían después?
“El sol sale siempre por el mismo lado”, le dijo Cristóbal Briceño desde la radio de la micro a modo de despedida. “Vecinos desvelados nunca nos han faltado”, respondió melódicamente el suicida que, de no ser por su dedo, en la mañana habría practicado esa canción en guitarra.
Su pie impactó con el suelo. Había aire entre su pie y la suela de su zapato lustrado, que fue comprimido al pisar, haciéndolo perder estabilidad, lo que terminaría con un tropezón, mas no su caída.
2
Miró la micro, que comenzaba a tomarle ventaja al tiempo, y vio que Edmundo le saludaba tras la ventana y Luz María era indiferente a la presencia del suicida. Vía del Sol ya distaba del hombre. Su rumbo sería diferente al de otras micros.
Caminó, el suicida, pisando la misma línea que la trayectoria hacia un suicidio tiene, y llegó a su oficina.
Subió en el ascensor, saludó a tres personas, caminó por un pasillo por el cual se devolvió luego, para saludar a un amigo que no veía hace tiempo y no había reconocido; siguió su rumbo, miró su reloj y vio la hora, apurando su paso hasta llegar a un pequeño cuarto donde cerró la puerta con llave. Daría punto final a su vida.
Siguió la tarde y la noche, y nadie entraba, y él no salía. Cualquiera que viera la situación creería que no tenía necesidades biológicas. Claro que la presencia de un baño en el pequeño cuarto podría aniquilar las dudas de quien conoce el recinto.
Suicidio. Una mano quitó llave y abrió la puerta. Veloz latía un corazón al ver tras el umbral de la puerta.
3
Miró la puerta, que comenzaba a cerrarse tras de sí, y vio que un inmundo mosco lo saludaba tras la ventana y la luz era inexistente luego de la presencia de un dedo en el interruptor. Su vida no era distinta, es sólo que ha tomado un rumbo diferente a la de nosotros.
-¡Dios mío!- El observador no sabía qué decir. Había un cuerpo en el piso que, regado de líquido rojo rubí, era el escenario de un fenómeno que es capaz de cambiar el rumbo de una vida.
-¡Raúl!- dijo el hombre tras la puerta al suicida.
Raúl, que acababa de abrir la puerta, veía cómo Edmundo, Luz María y Pablo, el hombre que saludó en la entrada, estaban frente a él con una botella de vino que chorreaba al piso. El hijo de Pablo jugaba en el suelo y murmuró lo que Raúl interpretó como un saludo.
-Tanto trabajo te terminará matando, Raúl- dijo Luz María, que fue la de la idea, esbozando una sonrisa- ¡Sigues llevando esa vida sistemática de siempre!
Su vida no es distinta, sólo ha tomado un rumbo diferente a la nuestra.

A primera vista

El flameante resplandor de tus luceros me encandila, me quema, se adentra en mi, se clava en mi corazón, se plasma en mi mirar, altera mi existir, me destruye los recuerdos, me deja sin aire, sin sangre, sin memoria. Me aniquila y explota en mí. Me mata... Respiro. Parpadeo. La sangre fluye, lo recuerdo todo; estoy bien. Vuelvo a la vida. El flameante resplandor de tus luceros roza el recorrido de mis ojos ordinarios y enfrento mentalmente la realidad del imposible. ¿Un segundo de júbilo visual?... O tal vez no lo estoy pensando bien... O, tal vez, nunca volví a la vida después de aquello. Sólo sé que hasta mi muerte, el flameante resplandor de tus luceros era lo que me mantenía con vida y fue, además, la única causa de mi muerte.

En la soledad contemplo tu alma

En la soledad contemplo tu alma, cuán solemne baile me invita.
Aceptarlo, quiero, cumplirlo, no puedo,
y si me atrevo, el deseo, fatal desenfreno.

Abro los ojos, es cierto, no es dilema saberlo: 
Tu presencia anhelo, más, mi conciencia es el precio.
Loco ya estoy y el delirio es lo que obtengo.

Ni razón, ni sentido.
Por pasajes, en mi mente, directo, un mismo camino.
Tirante, de plata mi cordón, mi volar atrapa.
Al final, bajo el último paso, la muerte me aguarda.

Mira el cielo

Mira el cielo, se le están cayendo las estrellas. Ya no guarda su fulgor de antaño. Mira el cielo, se está desplomando exangüe entre plomos y ruidos destructores sin que el viento se percate. Mira el cielo, está triste por que un niñito ha muerto hoy. El niñito está triste porque ahora no tiene donde ir. Mira el cielo, tiene mala pinta. Parece que va a llover. Parece que hay algo detrás de los techos. Mira el cielo. Es un artista ese angelito. Cómo toca su trompeta, guiado por sus seis hermanitos. Mira el cielo, por favor, porque en el agua, su reflejo, digno de retrato, maltrecho está, difuminado, abstracto, y sin duda, no es exacto. Mira el cielo, por favor, y date cuenta que hay más luz en el sol que en esa lámpara. Mira el cielo, por favor, pide el deseo.