El frío de la trinchera

-El frío se colaba en mi cerebro.
Las nubes tapaban mi visión del cielo y me remojaban en su desconsolado llanto. Charcos no sólo de agua se apoderaban del suelo en disputa.
La trinchera me ocultaba bien, mas no conciliaba tranquilizarme: estaba solo.
Un ardor en mi costado me quemaba como el fuego, un fuego rojo y espeso, con el que mi mano izquierda se bañaba, mientras que con la derecha cargaba inútilmente el fusil sin balas.
De pronto me di cuenta que no sólo no había nadie en las cercanías (o por lo menos eso creía yo), sino que perpetuaba  una constante ausencia. Ni siquiera la lluvia rompía aquella continuidad. Sabía que faltaba algo, pero no sabía qué. Y de pronto, tras un espasmo bajo mi mano izquierda, mis oídos se destaparon para darse cuenta de un macabro hecho: no se oía nada.
El fantasma del silencio me maltrataba, me hería y callaba… callaba… callaba, me quería volver loco, pero yo no lo permitiría.
Recuerdo que distraía mi mirada de todos esos angustiantes momentos, aun sintiendo el dolor de la bala incrustada entre mis costillas, viendo mi demacrado rostro, reflejado en las gotas que aparecían sobre el fusil. Me reía al verlo, yo anhelaba ser algo más… Tenía claros mis talentos, pero mi edad y mi clase en la sociedad los opacaban de forma implacable.
Toda mi familia muerta por la guerra y yo pudriéndome de cobarde, escondido tras la trinchera. Tal vez una muerte lenta como aquella pudo haber lavado mi falta de honor, o… tal vez se trataba de un justo descanso. Frío y justo descanso.
Un ensordecedor ruido estremeció el cielo y me pareció percibir el principio de una demencia en el grito que articulé, más bien como un chillido desesperado.
Un trueno se había apiadado de mí y enfrentado al silencio que me atormentaba, pero yo no estaba preparado para recibir su ayuda: lo confundí con un disparo y caí inconsciente…
-Es cierto –le dije al fin- puede decirlo, soy un cobarde.
¿Qué dices muchacho?- me preguntó frunciendo su arrugado ceño- No podías hacer otra cosa mas que esconderte porque no tenías munición y tus compañeros fueron acribillados mientras corrían a la trinchera, aquel agujero infernal,  igual que tú. Tú mismo me lo dijiste. Te salvaste con astucia, no con cobardía. Además, con la sangre que perdiste te podías desmayar en cualquier momento-
No sé cómo, pero el hombre frunció aún más el ceño – Escucha. A veces uno tiene que hacer cosas que parecen erradas, pero son necesarias…-
Púsose de pie, con intenciones de salir del cuarto, pero una pregunta escurriéndose en su boca lo obligó a detenerse y decir: “¿Seguro que fue todo lo que pasó? ¿Que no quedó nadie del escuadrón? ¿Que los abandonaron a su suerte?”
-Seguro- le respondí –Los cuerpos sin vida de mis compañeros esparcidos entre mi agonía y mi demencia, y un radio del que nunca respondieron, fueron la nula compañía que tuve entre que me desmayaba y usted, como dijo, me sacaba de aquel agujero infernal-
El viejo comandante de alguna Compañía del Ejercito Inglés, me miró unos instantes:
-Cuídate ese vendaje y no te muevas de aquí. Es un lugar cómodo. Le hablaré a mi superior de ti…- La puerta se cerró tras él.
El haber visto a un compatriota me tranquilizó. Debió ser la confianza que me inspiró su uniforme.
Esperé un rato y, mientras, observé el resto del cuarto. Todo era muy blanco y pulcro. Además de la cama en la que me encontraba acostado, sólo había un pequeño mueblecito café, que contrastaba con las baldosas blancas. No era cómodo. Era frío, más no helado.
Después de un tiempo resistiendo el dolor bajo el vendaje, la ausencia de algo se acercó por las baldosas, trepó la cama y subió por mí hasta dar con mi hombro. Desde ahí me transmitió su escalofriante tranquilidad y perpetuidad silenciosa.
Di un respingo y salté de la cama, cansado de esperar el regreso del viejo inglés.
Puse mi pie descalzo sobre la baldosa fría, que me heló hasta el hueso, ignorando las punzadas en el vendaje, y me encaminé a la puerta. Estaba cerrada con llave, pero su sello antiguo cedió de inmediato cuando la forcé con ambas manos.
Con tímidos pasos crucé el umbral de la habitación. No sabía por qué, pero sentía que a cada paso el ritmo de mi pecho iba cada vez más rápido. Anduve lento por un solitario pasillo hasta llegar a la primera esquina; oí la voz del Comandante. Para escuchar mejor, me acerqué paulatinamente, escondiéndome detrás de un mural noticioso de madera.
-…Y creo que nos oculta información. Ud. ¿Qué cree?   
-Pienso que ya no es útil… deshazte de él. Sabes cómo.
Las palabras me llegaron tan claras, que pude entender perfectamente lo que se decían en aquel diálogo en idioma extranjero a mi país. Me quedé helado, pero no quería seguir escuchando, sabía que se trataba de mí y el porqué era obvio.
Me di vuelta para correr y vi en el Diario Mural, en perfecto alemán: “Viva el Tercer Reich Fürer!”.
“Cómo le puede hacer eso a su país… Viejo… Maldito traidor…”, pensé mientras corría hacia cualquier parte, y correr hacia cualquier parte no fue la elección más acertada que pude hacer.
La primera zancada aleatoria que di, hizo que la pierna que quedaba atrás, arremetiera contra la pata de madera del Mural. Nunca creí que el azote de una cabeza al piso llegara a sonar tan fuerte, era más esperable el estruendo que se armó al derrumbarse el mural sobre mí.
-Was war das? – Se escuchó decir al que parecía ser el superior al traidor. Yo, mientras, me retorcía del dolor bajo el mural de madera, sin poder moverme aún.
-Es gibt jemand! – Gritó el Comandante inglés al fijarse en mí bajo la dura madera, sin poder moverme aún. De pronto escuché un susurro: “schießen”. El Mauser Kar 98 que el traidor se había conseguido mientras yo esperaba en el cuarto, expelió la bala que, a travesando la dura madera, impactó con el suelo justo al lado de mi oído y reventó en mis tímpanos, donde se tradujo como un pito agudo e insoportable.
Me paralicé intentando no desmayarme por aquel pito infernal. Escuché la voz del traidor, nuevamente en alemán, inseguro de su puntería: “Ich habe ihn erschossen?”.
-Wartezeit – Gruñó el alemán.
Sentí que alguien se acercaba. Mi corazón latía más rápido que nunca. Con fuerzas de flaquezas me animé a lanzarle el mural por la cabeza.
-Sorgen! – le advirtió quien, alguna vez fue mi superior, al alemán, pero el nazi ya yacía en el suelo, aturdido y con la cabeza ensangrentada.
Corrí sin mirar atrás. Me pareció que todo iba más lento. Ya nada me dolía y sólo pensaba en llegar al final del pasillo y darle la vuelta para perderlos de vista.
Entonces escuché un disparo. Dos, cinco y se multiplicaron hasta ser incontables.
Me esforcé por correr más rápido y evadir las mortíferas balas, pero mi mente pensaba más rápido de lo que mi cuerpo respondía.
-Flieht er! Flieht er! – Gritaba el alemán mientras yo corría y el viejo inglés traidor me consideraba como su blanco móvil.
La polvadera era increíble, pero más sorprendente era que aún estaba en pie y corriendo por mi vida.
-Anschlag! Bewegen sie nicht!- Amenazaba el inglés.
Por fin di vuelta en el pasillo, saliendo de la linea de fuego.
Me detuve a contemplar cómo el tiempo transcurría ahora sin la intervención de la adrenalina, pero no pude correr nuevamente. La bala en mi costado me punzaba más que nunca. Los dolores regresaron incrementados y acompañados de otros nuevos.
En la caída debí haber aflojado algunos dientes. La boca me sabía a sangre y mi espalda emanaba, incontenible, chorros y chorros de sangre por cada uno de los agujeros formados en ella.
-Sorgen sie sich nicht: er wille tot- Me sentenció el inglés antes de aparecer a la vuelta del pasillo.
Sus pasos resonaban en mi cabeza con un eco feroz.
Con mis ojos entreabiertos pude ver mi último panorama:
Sangre. Yo recostado sobre ella, y ella formando una colcha debajo mio. Me recordó mi cama. Me recordó el descanso.
La cama se estropeó. Una bota la habría pisado y me habría hecho volver a la realidad.
De pronto escuché con más fuerza la voz del inglés. Creo que me habló al oído:
-Lo siento - dijo en su acento original – Si no lo hago, sufrirás más. Si no lo hago, me matarán a mí, también. No quiero morir-.
Desdichada decadencia. Vida miserable, muerte indeseable. Incierto descanso.
Es inminente el venir pesado y lúgubre de aquella figura inhumana. Deforme, oscura y tenebrosa. Me toma fuerte para no soltarme. No ve al viejo inglés. El viejo inglés parece no querer mirarla. Ha tomado mi corazón. Succiona mi alma.
Sentía el hielo penetrante en mi cabeza, como el frío de la trinchera. Era una hoz. Era una sombra. Era un manto oscuro que repetía mi nombre. Era el fin. Era la muerte, que me hería.
El gatillo del Mauser se movió dos centimetros.
Mis ojos se cerraron para nunca más abrirse.
Y hubo silencio. Y hubo frío.
   

Esperemos el correr de la conciencia

Siento que el rayo de sol hoy te pegó en la cara y ya no hay nada que hacer. Toma tu almohada, abre tu ventana y salta hasta chocar con un avión al caer.
Si te topas con la luna en el camino, estarás en riesgo, porque quiere decir que es imposible que te haya caído un rayo de sol en la cara y que, por lo tanto, no te debiste haber tirado.
Si ya caíste al suelo, debes estar en el cielo.
Si sigues en el aire, usa tu almohada para elevar tu espíritu hasta el infinito. Mira atrás y te darás cuenta de lo fino que es el camino y lo estrecho de emociones, lo amplio de dificultades e irregular que de vuelve al momento de tocar la puerta de un amigo perdido, o un hermano, o un antiguo amor.
Verás que la luz es oscura y que tu pájaro del alma ha emprendido vuelo y ha dejado candado a sus cajones de emociones, y ya no habrá nada que hacer. Comerás errores y cometerás comida sin tener hambre. El Humano te mirará y tú verás que no bromea. No es el humano quien no se ríe. No entenderás.
Ahora estás pensando en si lo que hablo tiene coherencia, y yo te puedo decir que la incoherente es tu percepción: ves con los ojos, hueles con la nariz, sientes con tu piel, escuchas con tus oídos, saboreas con tu lengua. ¿Con qué sentido leerás esta vivencia? En tu frente hay un secreto. Verás, olerás, sentirás, escucharás y saborearás con la mente. El cuerpo no es nada. ¿Cuánto demorarás en saltar por la ventana? No olvides la almohada.