Esa noche, siete pájaros pasaron junto a la ventana del baño gritando "tetué".
Me dio gusto poder dominar la llave del lavamanos en ese minuto. Estaba rodada y vibraba espantosamente al más leve movimiento mientras el agua salía. No habría sido acertado que sonara en esa situación: eran las 3:30 de la madrugada y mi familia dormía, como lo hacían la mayoría de las familias a kilómetros a la redonda. Sólo babosos cuadrúpedos peludos de cola bailarina me daban a entender que el planeta no había llegado a su fin.
Mientras me esforzaba por vaciar mis intestinos, pensaba en los extraños sucesos que había pasado hace unos minutos, y en lo extraño que suena que yo, un extraño, diga con tanta impersonalidad la palabra "extraño". Hace 600 latidos de corazón aproximadamente, intentaba controlar mi calor corporal en el patio de mi casa, mirando el cielo negro agujereado, siempre esperando una respuesta. La sensación de estar siendo observado me invadió otra vez y no, no eran mis vecinos.
De pronto, un ruido proveniente de mi casa rompió la solemnidad y seriedad del momento y, al volver la vista al manto oscuro, un destello insignificante se volvió muy significante para mi. Se repitió dos veces más. Sentía que mi deber era reaccionar a aquello y hacer algo en respuesta, pero no sabía qué. Era evidentemente, para mí, una señal. Tomé una piedra y miré de nuevo al cielo: los destellos aparecieron otra vez y, a la vez formando un circulo y luego un espiral. Tomé firme la piedra y con la fuerza de David frente a Goliat, lancé su áspera y fría masa al centro del espiral. A lo lejos escuché dos golpes en un techo y un trizar de vidrios. Ciertamente no había alcanzado su destino aquella piedra, pero de algo estaba seguro: el espiral ya no estaba. Sólo quedaba de vestigio mi recuerdo y mi corazón acelerado.
Al entrar a la casa, la puerta de madera gruñó y profirió alaridos como la fiera que era, oh gran guardiana. Pero yo era más astuto y no permitiría que sus ruidos alertaran a mi familia de mi desvelo. Luego de dos movimientos rápidos, sus gritos tuvieron una extensión corta y se ahogaron al cerrar definitivamente la puerta tras de mí.
Llegué a las escaleras, que eran unas cobardes aún más gritonas que la puerta. Sus chillidos sonaban más fuerte de noche, pero conocía su juego. Lo había jugado mil veces antes. Me saqué las zapatillas y, tomándolas, gateé por los escalones, cuidando de no darle motivos de gritar a la desgraciada.
Me sometí, finalmente, a las heladas fauces del retrete y heme aquí que te cuento la historia, viajero.
Me dio gusto poder dominar la llave del lavamanos en ese minuto. Estaba rodada y vibraba espantosamente al más leve movimiento mientras el agua salía. No habría sido acertado que sonara en esa situación: eran las 3:30 de la madrugada y mi familia dormía, como lo hacían la mayoría de las familias a kilómetros a la redonda. Sólo babosos cuadrúpedos peludos de cola bailarina me daban a entender que el planeta no había llegado a su fin.
Mientras me esforzaba por vaciar mis intestinos, pensaba en los extraños sucesos que había pasado hace unos minutos, y en lo extraño que suena que yo, un extraño, diga con tanta impersonalidad la palabra "extraño". Hace 600 latidos de corazón aproximadamente, intentaba controlar mi calor corporal en el patio de mi casa, mirando el cielo negro agujereado, siempre esperando una respuesta. La sensación de estar siendo observado me invadió otra vez y no, no eran mis vecinos.
De pronto, un ruido proveniente de mi casa rompió la solemnidad y seriedad del momento y, al volver la vista al manto oscuro, un destello insignificante se volvió muy significante para mi. Se repitió dos veces más. Sentía que mi deber era reaccionar a aquello y hacer algo en respuesta, pero no sabía qué. Era evidentemente, para mí, una señal. Tomé una piedra y miré de nuevo al cielo: los destellos aparecieron otra vez y, a la vez formando un circulo y luego un espiral. Tomé firme la piedra y con la fuerza de David frente a Goliat, lancé su áspera y fría masa al centro del espiral. A lo lejos escuché dos golpes en un techo y un trizar de vidrios. Ciertamente no había alcanzado su destino aquella piedra, pero de algo estaba seguro: el espiral ya no estaba. Sólo quedaba de vestigio mi recuerdo y mi corazón acelerado.
Al entrar a la casa, la puerta de madera gruñó y profirió alaridos como la fiera que era, oh gran guardiana. Pero yo era más astuto y no permitiría que sus ruidos alertaran a mi familia de mi desvelo. Luego de dos movimientos rápidos, sus gritos tuvieron una extensión corta y se ahogaron al cerrar definitivamente la puerta tras de mí.
Llegué a las escaleras, que eran unas cobardes aún más gritonas que la puerta. Sus chillidos sonaban más fuerte de noche, pero conocía su juego. Lo había jugado mil veces antes. Me saqué las zapatillas y, tomándolas, gateé por los escalones, cuidando de no darle motivos de gritar a la desgraciada.
Me sometí, finalmente, a las heladas fauces del retrete y heme aquí que te cuento la historia, viajero.
Tiré la cadena, y el estruendo retumbó 65 kilómetros a la redonda, pero sólo lo escuchó mi hermano.
-¿Qué mierda tienes en la cabeza? ¡Mañana hay que levantarse temprano!- dijo marcando cada palabra, como si las hubiese estudiado muy bien antes de decirlas.
-Disculpa. Bajé a alimentarme de algo más que comida y vine al baño a seguir meditando- le respondí con convicción, pero a riesgo de ser juzgado (y con toda razón), ser tildado de demente, sólo articulé la primera palabra. El resto de las palabras sonaron fuerte, pero sólo en mis adentros más profundos.
Finalmente él se durmió. A diferencia de él, yo soñé.
Desperté en un cuerpo y lugar familiares. Miré mis manos y mis brazos; los músculos no habían desaparecido, los tendones estaban en orden y estaba todo en su lugar. Me levanté de un salto. Tal vez pesaba unos gramos menos, o tenía incisiones aleatorias en mi cara, pero sentía que algún cambio debería haber dejado el suceso de hace (miré mi reloj) tres horas atrás. No noté cambios salvo no oír nada. Tal vez estaba sordo, los pájaros emigraron o mi reloj estaba mal. Dije "Tal vez estoy sordo, los pájaros emigraron o mi reloj está mal", y descarté la primera opción. Estaba quieto, pero me detuve de la impresión al darme cuenta que las otras dos opciones tenían algo raro: Yo no ocupo reloj y tenía uno en mi muñeca, y los pájaros no cantaban porque no estaban. Corrí donde mi hermano y mis padres, pero los pájaros no cantaban porque no estaban. Corrí desnudo, como acostumbraba caer ante Morfeo, cada noche, y mi vergüenza, que emergió al salir a la calle sin ropa alguna, se destruyó al darme cuenta que los pájaros no cantaban porque no estaban.
Al no ver a nadie, emprendí vuelo para corroborar la ausencia de gente. Con una vista periférica me percaté de varias cosas: todo estaba desolado, los pájaros no cantaban porque no estaban y que mi vergüenza comenzaba a emerger de nuevo al ver mi virilidad entumirse con la brisa del vuelo.
Descendí en una playa que nunca había visto. Me extrañó el hecho de no recordar mi nombre, pero me tranquilicé al recordar el tuyo. Entonces, recordé los ladridos de perros y supe que no estaba solo.
A lo lejos escuché dos golpes de techo y un trizar de vidrios. Ahora tenía la piedra en la mano. Sin decírmelo, me insinuó con su actitud que el misterio está tanto en la tragedia como en la comedia y, luego de ponerse verde, la absorbí con cuidado, como lo amerita el color.
Volé de nuevo. Ahora veía animales voladores, tal vez rapaces. Sus escamas se parecían a las mías, y me detuve en la constelación del retrete, que se veía de día. Apagué la luz para verla mejor, y me quité el reloj, que tenía la hora incoherente. Tomé tres estrellas y las revolví. Finalmente, tiré la cadena y bailaron hermosamente, hasta que un piedrazo azotó mi cabeza. Miré extrañado abajo y me vi con pánico. Miré la casa de mi vecino, y miré un hombre golpear dos veces un techo y romper un vidrio. Ciertamente estaba robando. Caí en la cuenta de que algo raro estaba pasando. Sentí vómito a punto de caer de mi boca. Abrí los ojos.
-¡Cultura chupística!- gritó el Torres -diga sobrenombres con que se le molesta al José.
-¿José?- pregunté. Mi hermano, Torres y tres amigos más me miraron extrañados, pero riéndose.
-¡Cortito!- gritaron al unísono.
Tomé de mi vaso y fui al baño. Escuché decir que para ir al baño debía tomar otro cortito.
Me miré al espejo y vi mi demacrado rostro. Miré al retrete y una piedra salió expulsada de él, dándome justo en las sienes. Fue entonces cuando me dormí. O desperté. Da igual.