Imagina que estás en una montaña.Mantienes tus ojos cerrados por varios segundos. No los cuentas, pero son los suficientes como para dejar tus pulmones llenos de aire y contenerlos hasta que fluye la necesidad de expulsarlo y, al momento de hacerlo, abres los ojos tan gradualmente como el aire sale de tu nariz. En ese momento, vuelves a la realidad.
Te encuentras relajada y tu mente recorre la tranquilidad de no tener sufrimientos ni preocupaciones. Tu estómago produce un incipiente hormigueo producto de la plenitud del éxtasis que te otorga el momento, pero lo logras controlar con una respiración lenta y profunda. Sientes que la brisa roza tu cara y, al abrir los ojos, ves las copas de los árboles moverse al compás del viento refrescante. Tu camisa es muy delgadita. En un movimiento sutil, abres los brazos y ves cómo el viento mueve tu ropa. Piensas que no es un lugar helado. Concluyes que es un lugar refrescante. En tu mente se mantiene prolongada esa sensación de frescura mientras sientes el pasto fundirse entre los dedos de tus pies desnudos. Cierras los dedos de tus pies y logras escabullirlos por entre el césped para tocar la calidez contrastada de la tierra bajo la maleza, lo que te parece una agradable sorpresa.
Así, cada vez que te sientes abrumada por el mundo, puedes volver a la montaña.
La promesa y único requisito para ir a la montaña es, eventualmente, transformar tu realidad en la montaña.