Un hombre avanzado en años, pero no anciano, esperaba tras del umbral de la puerta abierta.
-Cuánto tiempo ¿eh? -dijo- Cuántos recuerdos junto a tu padre y a tu madre…
Entonces, otro hombre de mirada penetrante y caminar pesado cruzó la entrada de la casa. Vestía opacamente y su ropa hacía juego con su estado de ánimo.
-¿Qué quieres, tío?
-Oye, tú lo sabes. Te has preparado toda la vida para este momento.
-No estoy preparado.
-Sí lo estás.
-No, no lo entiendes, tío...
-¿Y qué harás? -entre pequeñas risas- No puedes escapar. Lo tienes claro.
El hombre del ropaje opaco sacó de su chaqueta un revólver y lo apuntó en dirección a la frente de quién poseía aquella información capaz de derrumbar el imperio de una sociedad milenaria conocida, aparentemente, por todos nosotros, pero desconocida en esencia, y en cuyo sólo nombre recaía el poder de revelar gran parte de esta telaraña de mentiras y encubrimientos colectivos.
-No... No vas a disparar -dijo el tío, entre gotas de sudor y tartamudeos.
-¿Qué te lo asegura? –sostenía firmemente el revolver.
-No hagas esto… Por favor... La información…
-¡Dilo! ¡Tú sabes de qué se trata!
-Es impronunciable… ¡No me lo pidas, pero no lo...!
El sobrino disparó. Un cuerpo cayó muerto en el suelo.
La cabeza del tío estaba empapada. En sus ojos seguían plasmadas sus ideas.
Una mano se introdujo en una chaqueta oscura, opaca, que hacía juego con el estado ánimo de su ocupante, y sacó un papel donde se le insinuaba la única verdad. Ante su mirada asombrada, un suspiro entrecortado y un grito escalofriante.
El tío, con su rostro enjugado de sudor, acababa de presenciar un suicidio y veía en un trozo de papel y en el cuerpo muerto del sobrino, cómo se disolvían los conocimientos de la verdad absoluta junto a la sangre del piso.
Ya nunca más alguien podrá siquiera imaginar de qué se trataba.