El Suicida (versión cuento)

No tenía claro lo que en su vida venía. Ante sus ojos pasaban las ideas de un futuro incierto, sus proyectos y preyectos, yectos todos hacia un mismo sitio. Sitio sin lugar. Sitio vacío. Sitio sin sitio. ¿Qué sitio? El de una mente reventada.
1
Por la mañana, mientras abría sus ojos, el mundo le saludaba desde la ventana y la luz era indiferente a la presencia suicida del hombre. Su vida no era distinta, sólo tomaría un rumbo diferente a la nuestra.
Se quitó el cobertor. Se sentó en la orilla de la cama y esperó que Dios, el universo o el pájaro que lo observaba tras la ventana, le dieran la señal para levantarse por fin. Púsose sus pantuflas y miró el reloj, mas no vio la hora. Miró hacia la ventana, mas no vio al ave. Era la señal. Su suicidio comenzaría en breve.
Caminó en dirección al baño. Lavó su suicida cara y desvió su mirada, interesado en el retrete. Suicida o no, su vejiga debía vaciarse, y la vació.
Tomó un cortaúñas y comenzó a recortar la uña del dedo anular de su mano izquierda. Si tenía en él un cuero mordido por si mismo el día anterior, era la oportunidad de arrancarlo de forma precisa y no arriesgarse a sacárselo de un tirón y tener que soportar todo el dolor e incomodidad que ello acarreaba. Empero, falló. Su dedo sangraba. Su suicida dedo sangraba. Miró hacia su dormitorio con el dedo metido en la boca, con esperanzas de que el alcohol se trajera sólo, pero sentado en el retrete era ya difícil el levantarse e ir a cogerlo. Tomó, entonces, un trozo de papel higiénico y se lo enrolló en el dedo.
Cuando hubo terminado, tiró la cadena, se quitó el papel del dedo y se lavó las manos. Le ardió el dedo y el corazón. No era para menos. Acababa de sufrir su primera taquicardia provocada por sus problemas de peso, pero no le dio importancia.
Se miró el rostro en el espejo, extrañado, parpadeó dos veces, se afeitó y se hizo un diminuto corte bajo su nariz, se miró seis veces sus grandes orejas, las que aborrecía, parpadeó ocho veces más mirando las partes que no se había afeitado aún y, entonces, se percató que un zancudo lo estaba picando en el brazo derecho. Observó detenidamente cómo le succionaba la sangre e incluso se acercó el brazo a la cara para verlo mejor, y disfrutar así su aniquilación.
Veinte minutos más tarde estaba en la misma posición, pero ya afeitado, bañado, vestido y hurgándose las picaduras que el insecto le habría dejado.
Caminó hacia la cocina para beber un yogur y comer un plátano, decidido a bajar de peso, y en el trayecto tropezó con la funda de su guitarra. Miró el dedo anular de su mano izquierda y probablemente dedujo a regañadientes que ya no podría tocar hasta que el dedo le dejara de doler.
Cuando estuvo frente a la frutera con el yogur en la mano, se preocupó de elegir el plátano más maduro, lo peló, lo cortó en pedazos en un posillo y le vertió el yogur. Iba a botar el envase del lácteo cuando miró su fecha de vencimiento y se sintió estúpido.
“Está tan vencido que me pude haber muerto envenenado”, pensó en voz alta, sacudiendo la cabeza y esbozando una tenue sonrisa, mientras tiraba el contenido del posillo en la basura. ¿Quién sabe qué otros peores y más macabros pensamientos suicidas tenía en mente?
Cuando hubo desayunado, se perfumó bastante, como amerita un suicidio, se lavó los dientes y se rascó la roncha de la picadura de zancudo. Se miró a un espejo de pie. Su tenida formal, perfectamente elegida, con los pliegues del pantalón perfectamente hechos, con una camisa perfectamente blanca y su corbata perfectamente azul. Una tenida sobria, opaca y perfectamente vestida, exceptuando la mancha de yogur que tenía bajo su manga y que nunca se dio cuenta que existía. Por cierto, una mancha perfectamente en desentono con su traje.
Al salir de su casa, cerró la puerta de la entrada, asesinando un caracol que comenzaba a asomar su cabeza al momento de ser pisado. Sacó un llavero con dos llaves y puso llave a la puerta. Se acercó al portón abierto, lo cruzó y, luego de cerrarlo, lo aseguró con la segunda llave del llavero. En ese minuto el teléfono de la casa comenzó a sonar, pero el hombre, mirando al lado, se hizo el desentendido y puso marcha a toda su humanidad. Dejó a sus espaldas el universo en el cual había dormido y en su llave el vórtice que permite la entrada.
De pronto, se detuvo súbitamente. Se dice que los suicidas son personas que no encajan en este mundo por dos razones: o son estúpidos o son muy avanzados para el nivel de inteligencia del mundo.
Sus ojos se movían rápidamente, seguramente analizando las partículas del aire, la temperatura o calculando la distancia exacta entre su posición y su destino. Comenzó a mover la cabeza disimuladamente a un lado y a otro, como si incluso su capacidad de análisis espacial pudiera atravesar dimensiones y se encontrara buscando el misterio del 6174 en la Operación de Krapekar, su par cósmico o dirigiendo su alma a la buena senda de nuestro Señor.
Una persona que lo observaba desde hace un rato desde la otra calle, por fin siguió su rumbo y desapareció de vista. Entonces, nuestro suicida se rascó una nalga y respiró tranquilo.
El resto de la cuadra lo recorrió silbando una canción que le desagradaba, hasta chocar su vista con Manuel Rodríguez hecho cartel.
El hombre se limpió rastros de baba en su boca al terminar la canción.
Hace 73,2 mililitros de saliva silbada atrás, el suicida pareció buscar en sus bolsillos por monedas que, momentos más tarde, revelaría en su mano derecha levantada: tres monedas de cien pesos, una de cincuenta, otras cuatro de diez y una mancha de yogur al reverso de su manga que, independiente a lo que presagié, el suicida advirtió, moviendo sus labios, sin emitir sonido, con la misma intensidad y la exacta frecuencia que cualquiera lo haría al exclamar algún fonema que sonaría algo así como “piedra”, “hiedra” o “tiembla”. Tal vez “mierda”.
Veintitrés pasos más tarde, su dedo apuntó en dirección al cielo. El explorador anunnaki dentro de su nave espía en órbita geoestacionaria inadvirtió lo certero de la indicación del dedo, y la trayectoria del dedo recorrió los 35.786,04 kilómetros necesarios hasta atravesarle justo el espacio entre sus ojos. El humano promedio desconoce el poder de un dedo y las grandes masas que éste puede mover.
La micro se detuvo. El tiempo le pasó por el lado y la adelantó. El suicida bajó su mano, seguramente conciente del estrago planetario que pudo haber causado si la mantenía así. Abordó la micro, y ésta partió tras de su tiempo perdido, luego que el suicida comprara un boleto mal cortado.
Suicida sentado. Oscuridad parpádica en los ojos del hombre. Es posible que a su mente hayan llegado los trágicos recuerdos del pasado, de esos desgarradores momentos que no se quieren recordar, fatalistas e ineludibles; arrancan de raíz la templanza de cualquiera.
Un ronquido emitido por su boca se repitió rítmicamente por el resto del viaje.
Despertador biológico: el suicida se levantó de su asiento esquivando la gente del pasillo, tocó el timbre y la puerta se abrió antes de detenerse la micro. No se lanzó de la micro andando ¿Quién sabe qué otros sádicos planes suicidas se desencadenarían después?
“El sol sale siempre por el mismo lado”, le dijo Cristóbal Briceño desde la radio de la micro a modo de despedida. “Vecinos desvelados nunca nos han faltado”, respondió melódicamente el suicida que, de no ser por su dedo, en la mañana habría practicado esa canción en guitarra.
Su pie impactó con el suelo. Había aire entre su pie y la suela de su zapato lustrado, que fue comprimido al pisar, haciéndolo perder estabilidad, lo que terminaría con un tropezón, mas no su caída.
2
Miró la micro, que comenzaba a tomarle ventaja al tiempo, y vio que Edmundo le saludaba tras la ventana y Luz María era indiferente a la presencia del suicida. Vía del Sol ya distaba del hombre. Su rumbo sería diferente al de otras micros.
Caminó, el suicida, pisando la misma línea que la trayectoria hacia un suicidio tiene, y llegó a su oficina.
Subió en el ascensor, saludó a tres personas, caminó por un pasillo por el cual se devolvió luego, para saludar a un amigo que no veía hace tiempo y no había reconocido; siguió su rumbo, miró su reloj y vio la hora, apurando su paso hasta llegar a un pequeño cuarto donde cerró la puerta con llave. Daría punto final a su vida.
Siguió la tarde y la noche, y nadie entraba, y él no salía. Cualquiera que viera la situación creería que no tenía necesidades biológicas. Claro que la presencia de un baño en el pequeño cuarto podría aniquilar las dudas de quien conoce el recinto.
Suicidio. Una mano quitó llave y abrió la puerta. Veloz latía un corazón al ver tras el umbral de la puerta.
3
Miró la puerta, que comenzaba a cerrarse tras de sí, y vio que un inmundo mosco lo saludaba tras la ventana y la luz era inexistente luego de la presencia de un dedo en el interruptor. Su vida no era distinta, es sólo que ha tomado un rumbo diferente a la de nosotros.
-¡Dios mío!- El observador no sabía qué decir. Había un cuerpo en el piso que, regado de líquido rojo rubí, era el escenario de un fenómeno que es capaz de cambiar el rumbo de una vida.
-¡Raúl!- dijo el hombre tras la puerta al suicida.
Raúl, que acababa de abrir la puerta, veía cómo Edmundo, Luz María y Pablo, el hombre que saludó en la entrada, estaban frente a él con una botella de vino que chorreaba al piso. El hijo de Pablo jugaba en el suelo y murmuró lo que Raúl interpretó como un saludo.
-Tanto trabajo te terminará matando, Raúl- dijo Luz María, que fue la de la idea, esbozando una sonrisa- ¡Sigues llevando esa vida sistemática de siempre!
Su vida no es distinta, sólo ha tomado un rumbo diferente a la nuestra.